Vincennes, Francia. 15 de octubre de 1917.Había aprendido desde niña que los hombres hacen cosas peores cuando nadie los mira. Por eso, aquella mañana, se negó a que le vendaran los ojos.

Eran doce.

Jóvenes, la mayoría. Algunos no habían terminado de afeitarse.

Ella los miró uno por uno.

Como había mirado a tantos otros.

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La hierba estaba mojada. Margaretha lo notó en cuanto bajó del coche, aunque el sacerdote le ofreció el brazo para que no tropezara. Lo rechazó con suavidad. Llevaba su traje gris perla, la blusa de encaje, el sombrero de fieltro. Lo había pedido ella misma: si iba a morir, sería con su ropa. No con el uniforme de la condena.

Caminó hasta el poste de madera que había en el centro del campo de tiro. El oficial le preguntó si quería las ligaduras. Dijo que no. Si quería la venda. También dijo que no.

Se quedó de pie, sola, mirando a los doce soldados que apuntaban.

Y entonces sonrió. Apenas. Y se llevó dos dedos a los labios.

Un beso.

Lanzado al pelotón como quien se despide de un amante en el andén.

Treinta y dos años antes, en una ciudad pequeña de Holanda, una niña de diez años se había quedado mirando cómo sacaban los muebles de su casa. Su padre había quebrado. Su madre estaba enferma. Margaretha Geertruida Zelle aprendió ese día una cosa que no olvidaría: el mundo no le debía nada. Si quería algo, tendría que tomarlo.

A los quince años murió su madre.

A los dieciocho respondió a un anuncio matrimonial en el periódico. El hombre se llamaba Rudolf MacLeod, capitán del ejército colonial holandés. Aparecía en el anuncio como "oficial distinguido", pero cuando llegó a buscarla olía a tabaco y a algo que ella todavía no sabía nombrar.

Lo supo en la primera semana.

MacLeod bebía con la disciplina con que otros rezan. Por las noches, cuando el alcohol le aflojaba algo dentro, le pegaba. No siempre. A veces solo hablaba: le decía que era torpe, que era fea, que debía agradecerle que se hubiera casado con ella. Margaretha aprendió entonces a no hacer ruido. A volverse pequeña. A aguardar.

La llevó a Java. Calor, mosquitos, el olor del mar pudriéndose bajo el sol de mediodía. Allí tuvieron dos hijos. El mayor, Norman, murió envenenado cuando tenía dos años. Nunca quedó claro cómo. La niña, Non, sobrevivió, pero cuando Margaretha pidió el divorcio, Rudolf se llevó también a la niña. La justicia holandesa se la concedió sin demasiadas preguntas.

Margaretha regresó a Europa sola. Sin dinero. Sin hijos. Con treinta años y una maleta.

Fue entonces cuando decidió morir por primera vez.

No de verdad. Sino de otra manera: matar a Margaretha Zelle, la mujer del capitán, la niña del sombrerero quebrado. 

Y nacer siendo otra.

París, 1905. Una mujer de veintiocho años entra en un salón de la calle de Richelieu con un sari bordado en oro y anuncia, en un francés con acento exótico, que es una sacerdotisa bayadera de Java, iniciada en los misterios del dios Shiva, cuyo nombre verdadero significa el ojo del día.

Todo era mentira.

Y París enloqueció.Mata Hari bailaba semidesnuda, cubierta apenas de joyas y velos que caían uno a uno, y los hombres de la Belle Époque —banqueros, generales, príncipes aburridos— la miraban con una mezcla de deseo y de algo que se parecía al miedo. Ella lo sabía. Lo había estudiado. En Java había observado a las bailarinas del templo y entendido que el cuerpo, bien usado, no es un objeto sino un lenguaje. Y que ese lenguaje, en la boca correcta, puede dar órdenes.

Los amantes llegaron solos. Un barón alemán que pagaba el alquiler. Un ministro francés que llegaba de madrugada. El jefe de policía de Berlín, que creía ser discreto. Un oficial ruso de veintiún años —Vadime, se llamaba, Vadime de Masloff— al que terminó amando con una ternura que su propia historia hacía casi inexplicable.

Tenía cuarenta años cuando estalló la guerra. Y el mundo que la había inventado empezó a romperse.

Un hombre del consulado alemán la visitó en su hotel de La Haya en 1915. Le explicó, con mucha cortesía, que Alemania le pagaría veinte mil francos si era capaz de obtener, en sus conversaciones con militares franceses, algún dato de interés.

Margaretha necesitaba el dinero. Sus actuaciones se habían reducido. Los grandes contratos no llegaban. Y ella seguía viviendo como si llegaran.

Dijo que sí.

Lo que transmitió fue poco. Nombres que ya circulaban en los cafés. Rumores que habían sido noticia la semana anterior. Cotilleos de cama que los propios oficiales contaban en voz alta dos copas después. No había en ella la frialdad de una espía. Había una mujer de mediana edad que pensaba que podría moverse entre dos fuegos sin quemarse.

Los franceses la detuvieron en febrero de 1917.

El interrogatorio duró semanas. Ella admitió haber recibido dinero de los alemanes, pero explicó que nunca había entregado nada útil. Era verdad. Los analistas militares, años después, confirmarían que la información de H-21 —su código alemán— no había alterado ningún resultado en el frente.

No importó.

Francia llevaba tres años desangrándose en Verdún. Necesitaba una explicación que no fuera su propio fracaso. Y Mata Hari era perfecta: extranjera, libertina, sin marido ni país que la defendieran. El fiscal leyó en voz alta ante el tribunal una lista de sus amantes como si la cantidad fuera, en sí misma, una prueba de culpabilidad.

El tribunal la condenó en julio. Por unanimidad.

En la celda de Saint-Lazare, Margaretha escribió cartas. A su hija Non, que tenía veinte años y a quien no había visto en mucho tiempo. A Vadime, el oficial ruso, pidiéndole que no viniera, que no la recordara así. Al embajador holandés, que respondió con amabilidad y no hizo nada.

La noche anterior al fusilamiento no durmió. Pero tampoco lloró, según contó después la monja que la vigilaba. Se quedó sentada en el borde del catre, con las manos juntas sobre el regazo, mirando la pared.

Quizás pensaba en la niña que había visto sacar los muebles de su casa.

Quizás en Non.

Quizás en nada.

A las cinco de la mañana la despertaron —aunque ya estaba despierta— y le dijeron que era la hora. Se vistió sola. Se puso el sombrero frente al pequeño espejo de la celda, lo ajustó un poco hacia la derecha, y asintió.

Estoy lista, dijo.

El campo de tiro de Vincennes olía a castaños mojados y a tierra fría. Margaretha cruzó la hierba húmeda con pasos iguales, sin apresurarse. El sacerdote caminaba a su lado murmurando algo que ella no escuchaba.

Cuando llegó al poste se dio la vuelta.

Los doce soldados ya habían formado. Algunos la miraban. Otros miraban el suelo. El oficial que iba a dar la orden de fuego sostenía el sable con la misma rigidez de quien sujeta algo para no caerse.

Margaretha los observó despacio. Como hacía siempre al entrar en un salón: evaluando, midiendo, decidiendo quién era quién.

Luego se llevó dos dedos a los labios.

Y les lanzó el beso.

La descarga sonó un segundo después.

Cayó sin dar un paso atrás.

Nadie reclamó el cuerpo. Su cabeza fue momificada en el Museo de Anatomía de París, donde permaneció durante décadas entre cráneos y especímenes médicos. En el año 2000, cuando alguien fue a buscarla para un estudio, descubrieron que había desaparecido. Nadie supo cuándo. Nadie supo quién.

Margaretha Zelle, que había pasado la vida entera intentando que no le quitaran nada más, terminó sin poder conservar ni eso.

Pero el beso, ese sí.

Ese nadie se lo pudo devolver. 

PREGUNTA QUE QUEDA ABIERTA 

A veces nos preguntamos si alguien fue culpable o inocente. Pero la pregunta más incómoda es otra: ¿cuántas veces una sociedad condena a quien la incomoda simplemente porque puede hacerlo, y cuántos de nosotros lo aceptamos sin demasiada resistencia?