Hay un momento en que el trabajo no cansa por lo que exige, sino por lo que impide. No es el esfuerzo ni la dificultad. Es la sensación persistente de que ocupa un espacio que ya no debería ser solo suyo. Uno sigue cumpliendo, sigue llegando, sigue respondiendo. Desde fuera, todo parece en orden. Desde dentro, algo empieza a agotarse sin hacer ruido.

No se habla mucho de ese cansancio porque no tiene un gesto claro. No es una queja abierta ni una crisis visible. Es más bien una acumulación lenta. Días que se parecen demasiado entre sí. Horas que pasan rápido y, al mismo tiempo, no llevan a ningún sitio. El trabajo está ahí porque tiene que estar. Porque sostiene. Porque permite vivir. Y esa necesidad lo vuelve incuestionable, incluso cuando empieza a doler.

Uno descubre entonces que el hartazgo no nace del rechazo, sino de la imposibilidad de escapar. Si hubiera una salida clara, quizá el cansancio sería distinto. Pero no la hay. No sin romper demasiadas cosas. No sin poner en riesgo lo que depende de uno. Así que el trabajo se queda. No como elección, sino como marco. Un marco que se estrecha.

El tiempo empieza a sentirse como un recurso ajeno. Se mide en función de obligaciones. Se administra con cuidado. Se reparte entre lo que hay que hacer y lo que queda pendiente. Lo que a uno le gustaría hacer —eso que no es urgente, ni rentable, ni inmediatamente útil— va quedando relegado a un margen cada vez más pequeño. No desaparece, pero se aplaza. Siempre un poco más. 

Hay días en que ese aplazamiento se vuelve consciente. Uno se sorprende pensando en todo lo que no hace. No desde la fantasía de otra vida, sino desde la constatación de una falta. Falta tiempo. Falta energía. Falta una franja del día que no esté ya comprometida. No para descansar, sino para intentar algo distinto. Algo que no esté definido de antemano.

Mientras tanto, la rutina funciona. Se cumplen horarios. Se atienden responsabilidades. Se es un adulto fiable. Un padre presente. Alguien que no falla. Y eso también pesa, porque está bien hecho. No hay negligencia que permita una ruptura. No hay desastre que justifique un cambio brusco. Todo funciona lo suficiente como para que nada se mueva.

Uno aprende a convivir con esa contradicción. Por un lado, la satisfacción de estar cumpliendo. Por otro, la sensación de que cumplir no agota lo que uno es. Se es responsable, se es constante, se es necesario. Pero no siempre se es pleno. Y esa diferencia no se puede explicar fácilmente sin parecer ingrato o exagerado.

El trabajo ocupa el centro del día, y lo demás gira alrededor. Las ganas llegan tarde. Las ideas aparecen cuando ya no hay fuerzas. Los proyectos personales se reducen a notas mentales, a planes imprecisos que no encuentran hueco. No porque no importen, sino porque no caben. Y esa falta de espacio empieza a sentirse como una forma de pérdida.

No es que uno quiera dejar de ser quien es para los demás. No se trata de huir de las responsabilidades ni de desentenderse de lo que importa. Es algo más discreto: el deseo de no desaparecer del todo en el cumplimiento. De no convertirse únicamente en la suma de obligaciones bien atendidas.

A veces, en medio de la rutina, aparece una pregunta que no se formula del todo. No tiene palabras claras. Es más bien una incomodidad que acompaña. La sensación de estar viviendo una vida correcta, incluso valiosa, pero no del todo propia. Como si algo esencial estuviera siempre pospuesto para un momento que no llega.

Ese pensamiento no dura mucho. El día continúa. Hay cosas que hacer. Personas que dependen de uno. El trabajo reclama atención. La vida sigue su curso. Pero la incomodidad queda. No como un grito, sino como un fondo constante. Una conciencia leve de estar lejos de algo que no se sabe nombrar bien.

Quizá lo más difícil es aceptar que no hay una decisión clara que tomar. No hay un gesto heroico ni una salida limpia. Hay una necesidad que ata y un deseo que insiste. Ambos conviven sin resolverse. Y uno aprende a moverse en ese espacio estrecho, intentando no endurecerse del todo.

El hartazgo, entonces, no es solo cansancio. Es una forma de lucidez incómoda. Saber que se necesita lo que agota. Que se sostiene una vida que, al mismo tiempo, deja poco margen para preguntarse por su sentido. Y seguir adelante, día tras día, con esa conciencia a medio formar.

No hay conclusión para esto. No porque falten respuestas, sino porque la pregunta no termina de cerrarse. Queda ahí, acompañando los días, esperando quizá otro tiempo, otra forma, otro ritmo. Mientras tanto, uno sigue. Trabaja. Cumple. Vive. Y en algún lugar, sin saber muy bien dónde, guarda lo que aún no ha podido hacer.