En mayo de 1590, un hombre de cuarenta y dos años entregó un memorial dirigido al rey. Pedía cualquiera de cuatro cargos vacantes en las Indias: una contaduría en Nueva Granada, una gobernación en Guatemala, un puesto en las galeras de Cartagena, un corregimiento en La Paz. Adjuntaba sus méritos: una batalla, una mano inutilizada, cinco años de cautiverio.
Semanas después, al margen del papel, un funcionario del Consejo de Indias escribió la respuesta: «Busque por acá en qué se le haga merced».
El hombre se llamaba Miguel de Cervantes. En aquel despacho nadie sabía quién era.
Él tampoco.
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Diecinueve años antes había estado en el centro del mundo.
Amanecía el 7 de octubre de 1571 en el golfo de Lepanto y la flota de la Santa Liga avanzaba hacia la turca. A bordo de la galera Marquesa, un soldado de veinticuatro años ardía de fiebre. Su capitán le ordenó quedarse bajo cubierta. Según contaron después sus compañeros, Cervantes respondió que prefería morir peleando por Dios y por su rey antes que esconderse.
Le asignaron uno de los puestos más expuestos, junto al esquife. Recibió dos arcabuzazos en el pecho y un tercero en la mano izquierda, que nunca volvió a cerrarse. Toda su vida llamaría a aquel día «la más alta ocasión que vieron los siglos». No lo dijo con amargura. Lo dijo con orgullo.
Fue lo último que le salió bien en mucho tiempo.
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En 1575, de regreso a España, llevaba en el equipaje cartas de recomendación de don Juan de Austria y del duque de Sessa. Eran su futuro: con ellas aspiraba a una capitanía. Frente a la costa catalana, corsarios berberiscos abordaron su galera, la Sol, y encontraron las cartas.
Concluyeron que aquel manco era alguien importante. Fijaron su rescate en quinientos escudos de oro, una cifra que su familia no podía reunir.
El documento que debía abrirle las puertas le costó cinco años de cautiverio en Argel.
Intentó escapar cuatro veces. Las cuatro fracasó, y en cada ocasión, al ser descubierto, declaró que la fuga era solo cosa suya, que los demás se habían limitado a seguirle. Por mucho menos, en Argel se ahorcaba, se empalaba y se cortaban orejas. Hasán Bajá, el gobernador, lo tuvo en sus manos y no lo mató. Nadie ha sabido explicar del todo por qué.
En septiembre de 1580, cuando ya estaba encadenado en la galera que iba a llevarlo a Constantinopla, de donde casi nadie volvía, dos frailes trinitarios completaron el rescate. Tenía treinta y tres años.
Volvía a casa. Lo que le esperaba allí era casi peor que el cautiverio. Nadie se acordaba de él.

Lo que vino después parece la biografía de un hombre condenado a llegar tarde a todo.
Publicó una novela pastoril, La Galatea, que pasó sin pena ni gloria. Escribió para el teatro veinte o treinta comedias que se representaron sin escándalo y sin triunfo. Entonces apareció Lope de Vega, que escribía obras como quien respira, y barrió de los corrales a todos los demás. Cervantes, según confesaría él mismo, tuvo «otras cosas en que ocuparse» y dejó la pluma.
Las cosas en que ocuparse fueron estas: recorrer los caminos de Andalucía como comisario de abastos de la Armada, requisando trigo y aceite a campesinos que lo miraban como a un ladrón. En Écija tomó grano que pertenecía a la Iglesia y lo excomulgaron. Y mientras tanto escribía memoriales al rey pidiendo un puesto, cualquier puesto, lejos de allí.
Hasta que alguien escribió al margen: «Busque por acá».
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Buscó por acá, y por acá lo esperaba Sevilla.
En 1594 aceptó un trabajo que nadie quería: cobrar impuestos atrasados en el reino de Granada. Para no viajar con el dinero encima, lo depositó con un banquero portugués, Simón Freire de Lima. El banquero quebró y desapareció con los fondos, y las cuentas de Cervantes quedaron en descubierto ante la Hacienda real.
En septiembre de 1597 cruzó la puerta de la Cárcel Real de Sevilla, en la calle Sierpes.
Era el lugar más ruidoso de la ciudad más ruidosa de España. Ladrones, rufianes, falsificadores, condenados a galeras. Gritos de día, juegos de naipes y cuchilladas de noche. Allí estaba un hombre de cincuenta años, con una mano muerta, una espalda llena de servicios que nadie había pagado y una obra literaria que nadie recordaba.
Años después, en el prólogo de su libro, escribiría que su hijo había sido engendrado «en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación».
Los estudiosos todavía discuten si aquella cárcel fue la de Sevilla, la de otro lugar o una metáfora de su propia vida. Él nunca lo aclaró. Lo único seguro es que el hijo nació en algún sitio oscuro.
Y que el hijo era un loco.

En agosto de 1604, meses antes de que el libro saliera de la imprenta, Lope de Vega escribía desde Toledo una carta a un amigo. Ya circulaban noticias de la obra. Lope fue tajante: no había poeta tan malo como Cervantes ni nadie tan necio que alabara a don Quijote.
En enero de 1605, en la imprenta de Juan de la Cuesta en Madrid, salió a la venta El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Su autor tenía cincuenta y siete años.
Ese mismo año aparecieron ediciones en Lisboa y en Valencia, varias de ellas piratas. En pocos meses, don Quijote y Sancho desfilaban disfrazados en fiestas populares y cruzaban el Atlántico en los barcos de las Indias, adonde a su autor no le habían dejado ir.
La gloria no le cambió la vida. Había vendido el privilegio del libro a su editor y apenas vio dinero. En junio de 1605, en Valladolid, un caballero apareció herido de muerte a la puerta de su casa, y la justicia detuvo a Cervantes y a las mujeres de su familia. Unos días más de cárcel para el autor del libro más leído de España.
Diez años después, un desconocido que firmaba como Avellaneda publicó una segunda parte falsa del Quijote y se burló en el prólogo de su edad y de su mano. Cervantes, con casi setenta años, le respondió en su propia segunda parte. No negó la mano. Escribió que no la había perdido en ninguna taberna, sino en Lepanto.
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El 19 de abril de 1616 dictó la dedicatoria de su última novela, el Persiles. Empieza así: «Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte». Murió tres días después, pobre, en Madrid, y lo enterraron en un convento de monjas trinitarias, la orden que lo había rescatado de Argel. Sus huesos se perdieron durante siglos.
Hay un detalle en la primera página del Quijote que casi nadie se detiene a leer. Cervantes cuenta que su hidalgo «frisaba la edad» de los cincuenta años. Es la misma edad que tenía su autor en aquella cárcel.
Un hombre de cincuenta años, sin gloria, sin dinero y con todos los caminos cerrados, decide un día que todavía puede ser caballero. El mundo entero se ríe de él.
Cervantes no escribió esa historia a pesar de sus fracasos. La escribió con ellos.
Le dijeron que buscara por acá. Lo hizo, y por acá encontró a un loco en un lugar de la Mancha.
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