El día que Escipión destruyó Cartago y se echó a llorar

Historia con sentido - Comentarios -
El general tenía la guerra ganada. A sus pies, Cartago, la ciudad que Roma llevaba más de un siglo temiendo, se deshacía en humo y ceniza. Sus soldados saqueaban lo poco que seguía en pie. En Roma ya se preparaba el desfile del triunfo.

Y Publio Cornelio Escipión Emiliano, treinta y ocho años, comandante del ejército más poderoso del mundo, se echó a llorar.

A su lado había un griego que lo vio todo. Le preguntó qué le ocurría. La respuesta que recibió es la razón por la que, más de dos mil años después, seguimos contando esta escena.

────────── ◈ ──────────

Para entender aquellas lágrimas hay que volver unos años atrás, a una sesión del Senado y a un puñado de higos.

Los dejó caer sobre la mesa Catón, un viejo áspero al que media Roma temía y la otra media obedecía. Los senadores admiraron su tamaño, su frescura. Catón les recordó que la tierra que los había dado estaba a tres días de navegación.

Era Cartago.

Roma ya había luchado dos guerras contra ella. La segunda había traído a Aníbal hasta el corazón de Italia; en Cannas murieron en una sola tarde decenas de miles de romanos. Desde entonces había pasado más de medio siglo. Cartago había perdido su flota y su imperio, pagaba tributo, obedecía. Pero seguía viva. Y volvía a ser rica.

Catón terminaba todos sus discursos, hablase de lo que hablase, con la misma idea: Cartago debía ser destruida.

En el 149 antes de Cristo, Roma encontró el pretexto. Exigió rehenes, y Cartago los entregó. Exigió sus armas, y Cartago entregó, según el historiador Apiano, doscientas mil armaduras y dos mil catapultas. Entonces, con la ciudad desarmada, llegó la última orden: abandonar Cartago y fundar otra lejos del mar, tierra adentro.

A una ciudad de marinos y mercaderes le pedían que dejara de ser lo que era.

Cartago dijo que no. Se encerró tras sus murallas y se rearmó con lo que tenía. Se cuenta que las mujeres se cortaron el pelo para trenzar las cuerdas de las catapultas.

Catón murió ese mismo año. No llegó a ver lo que tanto había pedido.

────────── ◈ ──────────

El hombre que iba a cumplirlo cargaba con dos apellidos demasiado grandes.

Era hijo biológico de Emilio Paulo, el general que había aplastado a Macedonia en Pidna. Y nieto adoptivo de Escipión el Africano, el hombre que derrotó a Aníbal. De muchacho, ese peso lo volvió callado.

Polibio, el griego, había llegado a Roma como rehén tras la derrota de su pueblo. Cuenta que un día aquel joven, que tendría unos dieciocho años, se le acercó sonrojado y le preguntó por qué hablaba siempre con su hermano y nunca con él. Le confesó lo que de verdad le dolía: en Roma lo tenían por apocado, por indigno de su casa. Temía no estar a la altura de su nombre.

Polibio le prometió ayudarle. Desde aquel día fueron inseparables. El rehén se convirtió en maestro. El muchacho tímido, en el general más capaz de su generación.

En el 147, con la guerra estancada, el pueblo exigió que le dieran el consulado aunque no tenía la edad legal. Llegó a África y apretó el cerco. Cerró la entrada del puerto con un dique de piedra. Los cartagineses abrieron en secreto un nuevo canal hacia el mar y construyeron una flota con lo que encontraron. No bastó. El hambre entró en la ciudad antes que los legionarios.
Jaime Escribano - manos-unidas-entre-brasas-ts20261008153150153600.png

Primavera del 146. Los romanos entraron por el puerto. Lo que vino después duró seis días y seis noches.

Tres calles subían hacia la Birsa, la ciudadela. Estaban flanqueadas por casas de seis pisos, y en cada una se luchaba habitación por habitación. Los soldados tendían tablones de un tejado a otro para avanzar por encima. Escipión ordenó incendiar los edificios para abrirse paso. Apiano, que recogió el relato de los testigos, describe a las cuadrillas que despejaban los escombros arrastrando con garfios a muertos y vivos por igual.

Escipión no durmió en seis días. Comía de pie, cuando podía. Solo al final, agotado, se sentó en una altura a mirar.

Al séptimo día bajaron de la ciudadela hombres con ramas de olivo. Detrás de ellos, cincuenta mil supervivientes entre hombres, mujeres y niños. Todos serían vendidos como esclavos.

Quedaban dentro unos novecientos desertores romanos, que sabían que para ellos no habría perdón. Se habían atrincherado en el templo de Eshmún con Asdrúbal, el general cartaginés, su mujer y sus dos hijos. Asdrúbal se escabulló, salió con una rama de olivo y se arrodilló ante Escipión.

Su mujer lo vio desde el tejado del templo. Se había puesto sus mejores ropas. Llamó a Escipión por su nombre y le dijo que no le deseaba ningún mal, porque él había combatido según las leyes de la guerra. Después se volvió hacia su marido y lo maldijo. Tomó a sus hijos y se arrojó con ellos a las llamas.

────────── ◈ ──────────

Fue entonces cuando Escipión se quedó mirando la ciudad.

Casi siete siglos de historia ardían delante de él.

Y lloró. Delante de sus oficiales, sin esconderse.

Polibio, que estaba a su lado, cuenta que el general permaneció mucho tiempo en silencio. Pensaba en las ciudades, los pueblos y los imperios que habían caído antes que Cartago. Troya. Asiria. Los medos. Los persas. Y Macedonia, el imperio de Alejandro, que su propio padre había borrado del mapa hacía apenas veinte años.

Luego, casi en voz baja, recitó unos versos de Homero. Los de la Ilíada en que Héctor, antes de su última batalla, intuye la caída de su ciudad:

«Llegará un día en que perezca la sagrada Ilión, y Príamo, y el pueblo de Príamo, el de la lanza de fresno.»

Polibio le preguntó a qué se refería.

Escipión le tomó la mano. Le dijo que aquel era un momento glorioso. Pero que tenía miedo. Miedo de que algún día alguien diera esa misma orden contra su patria.

No lloraba por Cartago.

Lloraba por Roma.
Jaime Escribano - ruinas-antiguas-al-amanecer-junto-al-mar-ts20261008153209844436.png
Una comisión del Senado ordenó arrasar lo que quedaba y maldijo el suelo para que nadie volviera a habitarlo. Se cuenta que la ciudad ardió durante diecisiete días.

Probablemente hayas oído que los romanos sembraron sal sobre sus ruinas. Ninguna fuente antigua lo dice. Es una invención moderna, nacida muchos siglos después. A Roma no le hizo falta la sal: le bastó con el fuego y con el silencio.

Escipión volvió a casa con un triunfo y con el mismo sobrenombre que su abuelo: Africano. El muchacho que temía no estar a la altura de su nombre lo había igualado.

Pero el miedo que confesó aquella tarde no lo abandonó. Y Roma se encargó de darle la razón.

Trece años después, el mismo Escipión arrasó otra ciudad, esta vez en Hispania: Numancia, que resistió el cerco hasta morir de hambre. Ese mismo año, en el Foro, un grupo de senadores mató a garrotazos al tribuno Tiberio Graco, cuñado de Escipión. Era la primera vez en siglos que la sangre política corría por las calles de Roma. Cuando le llegó la noticia, Escipión respondió con otro verso de Homero: que así pereciera cualquiera que hiciera lo mismo.

El hombre que había llorado por el futuro de Roma aplaudía ahora el primer golpe contra ella.

En el 129, la mañana en que debía pronunciar un discurso decisivo, lo encontraron muerto en su cama. Nadie investigó. Las sospechas alcanzaron hasta a su propia esposa.

Décadas más tarde, el historiador Salustio escribió algo que Escipión había intuido entre las llamas. Mientras Cartago existió, el miedo mantuvo unida a Roma. El día que desapareció, Roma se quedó sin enemigo exterior y empezó a buscarlo dentro. Vinieron Mario y Sila, las listas de proscritos, los ejércitos marchando contra su propia ciudad. Hasta que, en el 49 antes de Cristo, un general llamado Julio César cruzó un pequeño río del norte de Italia con sus legiones.

Cartago no destruyó a Roma. Roma lo hizo sola, en menos de un siglo.

────────── ◈ ──────────

Todos hemos tenido alguna Cartago. Ese objetivo que perseguimos durante años, que ordenaba nuestros días y daba sentido al esfuerzo. Y muchos hemos sentido, el día que por fin lo alcanzamos, un vacío extraño en lugar de la alegría que esperábamos.

Escipión no lloró por debilidad. Lloró porque, en lo más alto, vio con claridad lo que casi nadie ve desde allí: que la victoria no cierra la historia. Solo cambia de sitio al enemigo.

Él lo vio arder en Cartago.

Roma tardó un siglo en encontrarlo dentro de sí misma.

────── ◈ ──────

Si esta historia te ha enganchado…

Esto que acabas de leer es público. A los del Círculo les mando, además, historias que no publico en ningún otro sitio: reales, contadas con el ritmo de una novela. Y al entrar, te llevas un relato inédito, solo para suscriptores.

Compartir 

Deja tu comentario
Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

2 + 2 =
Últimas entradas
Categorías
Ver anterior