El abrazo de los Pazzi: así asesinaron a Giuliano de Médici dentro de la catedral de Florencia

Próximo destino: la Florencia de los Medici - Comentarios -

Aquella mañana Giuliano de Médici no quería ir a misa. Le dolía una pierna y había decidido quedarse en casa.

Dos hombres fueron a buscarlo. Uno era Francesco de’ Pazzi, banquero, de una de las familias más antiguas de la ciudad. Lo convencieron entre bromas. Por el camino, Francesco le pasó el brazo por la cintura y lo estrechó contra sí, riendo, como hacen los amigos.

No era cariño. Estaba comprobando si Giuliano llevaba una cota de malla bajo la ropa.

No la llevaba.

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Era el domingo 26 de abril de 1478. Florencia tenía la catedral más grande de la cristiandad, y sobre ella, desde hacía cuarenta años, la cúpula imposible de Brunelleschi. Bajo esa cúpula se celebraba aquella mañana una misa solemne en honor de un invitado de diecisiete años: el cardenal Raffaele Riario, sobrino del sobrino del papa.

En la nave, entre la multitud, estaban los dos hombres que gobernaban la ciudad sin haber sido nunca elegidos para ello. Lorenzo de Médici tenía veintinueve años. Su hermano Giuliano, veinticuatro. Lorenzo era el cerebro, el político, el poeta. Giuliano era el guapo, el de los torneos, al que Botticelli pintaba y al que Florencia quería sin reservas.

Los Médici no eran reyes. Eran banqueros. Pero desde que su abuelo Cosimo volvió del destierro en 1434, nada importante ocurría en Florencia sin su permiso.

Eso era precisamente lo que alguien había decidido terminar.

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La conjura venía de muy arriba. En Roma, el papa Sixto IV quería ampliar los dominios de su familia en la Romaña, y los Médici se lo impedían. Su sobrino, Girolamo Riario, quería un estado propio. Francesco Salviati, arzobispo de Pisa, quería la sede que Lorenzo le había negado. Y los Pazzi, viejos rivales de los Médici en la banca, querían recuperar lo que creían suyo: el primer puesto en Florencia.

Necesitaban un soldado que dirigiera el golpe y encontraron a Giovan Battista da Montesecco, un condotiero al servicio del papa. Montesecco hizo una sola pregunta, si el pontífice estaba de acuerdo. Le dieron a entender que sí: Sixto no quería muertes, pero tampoco iba a lamentarlas.

El primer plan era matarlos durante un banquete. Giuliano no se presentó. Hubo que improvisar. La misa del domingo era la única ocasión segura de tener a los dos hermanos juntos, a la vista y sin guardia.

Entonces Montesecco se negó. Había aceptado matar, pero no en una iglesia, delante del Santísimo. No quería añadir el sacrilegio al crimen.

Para ocupar su lugar junto a Lorenzo buscaron a dos sacerdotes. Uno de ellos guardaba rencor a los Médici desde que estos habían saqueado su ciudad, Volterra. Ninguno de los dos había matado nunca a nadie.

Ese fue el primer error. Pronto se vería cuánto iba a costar.
Puertas de bronce de la sacristía de la catedral de Florencia entreabiertas con un hilo de luz

La catedral estaba llena. La señal acordada era un momento concreto de la misa; las crónicas no coinciden en cuál, y quizá ni los propios conjurados lo tenían claro.

Bernardo Bandini se adelantó y hundió el puñal en el pecho de Giuliano. Giuliano dio unos pasos y cayó. Entonces Francesco de’ Pazzi, el hombre que lo había abrazado aquella misma mañana, se lanzó sobre él y siguió apuñalándolo con tal furia que se hirió a sí mismo en el muslo. Las crónicas hablan de diecinueve heridas.

A pocos metros, uno de los sacerdotes apoyó la mano en el hombro de Lorenzo antes de golpear. Ese gesto lo salvó. Lorenzo se giró y el filo solo le abrió el cuello. Desenvainó, se envolvió el brazo en la capa y saltó la barandilla del coro. Uno de sus fieles, Francesco Nori, se interpuso y murió atravesado por Bandini.

Lorenzo corrió hacia la sacristía nueva. Detrás de él, su amigo el poeta Angelo Poliziano y unos cuantos más empujaron las pesadas puertas de bronce hasta cerrarlas. Uno de ellos le chupó la herida por si la hoja estaba envenenada.

Al otro lado, bajo la cúpula, su hermano se desangraba sobre el mármol.

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Mientras tanto, el arzobispo Salviati se presentaba en el Palacio de la Señoría con un grupo de hombres armados de Perugia. Dijo traer un mensaje del papa. Los perusinos se encerraron por error en una sala cuya puerta solo se abría desde fuera, y el gonfaloniero, Cesare Petrucci, sospechó al ver al arzobispo balbucear.

Jacopo de’ Pazzi, el patriarca de la familia, entró a caballo en la plaza gritando «¡Pueblo y libertad!». Era la consigna con la que la conjura esperaba levantar a la ciudad.

La ciudad le respondió con otro grito: «¡Palle! ¡Palle!», las bolas del escudo de los Médici. Le tiraron piedras desde las ventanas.

En ese momento la conjura dejó de ser un golpe de Estado y se convirtió en una cacería.

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Aquella misma tarde, Francesco de’ Pazzi fue sacado desnudo de la cama, donde se curaba la herida que él mismo se había hecho, y ahorcado en una ventana del Palacio de la Señoría. A su lado colgaron al arzobispo Salviati, todavía con sus vestiduras. Poliziano escribió que, en la agonía, el arzobispo clavó los dientes en el cuerpo de Francesco.

Durante días, los Médici no dejaron de buscar culpables, y Florencia no dejó de matar. Ochenta personas, según algunos cálculos. Los dos sacerdotes fueron encontrados en un monasterio; les cortaron la nariz y las orejas antes de ahorcarlos. Montesecco, que se había negado a matar en la iglesia, fue decapitado después de escribir una confesión que señalaba al papa.

Jacopo de’ Pazzi fue ahorcado y enterrado. Semanas después, un grupo de muchachos desenterró el cadáver, lo arrastró por las calles con la soga al cuello, lo colocó ante la puerta de su palacio para que llamara y lo arrojó al Arno.

Bernardo Bandini huyó hasta Constantinopla. El sultán Mehmed II lo devolvió encadenado. Lo ahorcaron en Florencia en diciembre de 1479, y un joven pintor llamado Leonardo da Vinci dibujó su cuerpo colgando, anotando con frialdad el color de sus ropas.

El nombre de los Pazzi fue borrado de los registros de la ciudad y su escudo picado de las fachadas.
Florencia al amanecer entre la niebla con la cúpula de la catedral recortada contra el cielo

El papa respondió como respondían los papas. Excomulgó a Lorenzo, lanzó el entredicho sobre Florencia y le declaró la guerra junto al rey de Nápoles. Lorenzo, que había sobrevivido a un puñal, tuvo que jugarse la vida otra vez: viajó a Nápoles casi solo y se puso en manos del rey para negociar la paz. Volvió con ella.

Salió de aquella primavera más fuerte que nunca. La conjura que pretendía acabar con el poder de los Médici lo convirtió en algo cercano a una monarquía.

Pero ya no fue el mismo. Desde aquel domingo, Lorenzo el Magnífico no volvió a moverse sin escolta.

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Un mes después del crimen, una mujer llamada Fioretta dio a luz a un hijo de Giuliano. Lorenzo lo recogió y lo crio como si fuera suyo. Le pusieron Giulio.

Cuarenta y cinco años más tarde, aquel niño fue elegido papa con el nombre de Clemente VII. El hijo del hombre asesinado en una conjura bendecida desde Roma acabó sentado en la misma silla que había firmado su orfandad.

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Los enemigos de Giuliano no tuvieron que forzar ninguna puerta. Les bastó con ir a buscarlo a casa, hacerlo reír y acompañarlo a misa.

Lo más peligroso de aquel domingo no fue el puñal. Fue el abrazo.
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