Imagina a un hombre con zancos. Lleva una máscara que no es la suya, habla con una voz que tampoco lo es, y diez mil personas sentadas en la ladera de una colina lo observan en silencio absoluto. No es un actor en el sentido que hoy daríamos a esa palabra. Es algo mucho más perturbador: es alguien que, por unas horas, ha dejado de ser humano para convertirse en un dios, en un héroe, en el espejo magnificado de todo lo que el público teme y desea. Y lo más extraño de todo es esto: nadie en aquel teatro de Atenas, ni el que actúa ni el que mira, sabe todavía que están inventando algo que durará más de dos mil quinientos años.
Lo que el teatro griego hizo, antes que cualquier otra cosa, fue crear el espacio para el desacuerdo. Y con el desacuerdo, creó la posibilidad de la tragedia.
La máscara no ocultaba al actor: lo convertía en un símbolo que cada espectador completaba con sus propios miedos.

No era entretenimiento. Era una forma de hacer a los ciudadanos más capaces de soportar la realidad. El teatro griego era, en el fondo, una práctica de supervivencia colectiva.

Si pudieras sentarte en aquellas gradas de piedra y ver a Sófocles por primera vez, ¿te preguntarías si aquella máscara inmóvil te estaba mostrando algo de ti mismo que no sabías que llevabas dentro?
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