Quevedo compró la casa de su enemigo para verlo en la calle

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Madrid, hacia 1625. Un ujier llama a la puerta de una casa alquilada en la calle del Niño y entrega un papel al inquilino. El inquilino tiene sesenta y cuatro años, viste sotana de capellán real y arrastra deudas de juego que ya no puede pagar. Lee el papel. La casa tiene nuevo dueño. El nuevo dueño quiere el inmueble libre. Y el nuevo dueño se llama Francisco de Quevedo.
El inquilino era Luis de Góngora. El mejor poeta vivo de España, según media Corte. Un impostor pretencioso, según la otra media. Y el hombre que acababa de comprarle el suelo bajo los pies era, precisamente, el jefe de esa otra media.

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Para entender por qué un escritor gasta una fortuna solo por el placer de dejar a otro en la calle, hay que retroceder veinte años.
España vivía el momento más alto de su lengua y el más bajo de su imperio. Se perdían batallas en Flandes y se ganaban sonetos en las academias literarias de Madrid. En esas academias, dos hombres se disputaban el trono de la poesía con métodos opuestos.
Góngora escribía para pocos. Su verso era un laberinto de metáforas, latinismos y alusiones mitológicas que había que descifrar como un jeroglífico. Lo llamaron culteranismo, o gongorismo, y sus Soledades dividieron a la Corte en dos bandos como si fueran un asunto de Estado.
Quevedo escribía para herir. Su ingenio era una navaja: conceptos afilados, juegos de palabras que estallaban en la última línea, una capacidad para el insulto que no ha vuelto a tener la lengua española. Lo llamaron conceptismo. Pero podría llamarse, simplemente, puntería.
Dos genios. Dos maneras de entender el idioma. Y ninguna manera de compartir la misma ciudad.
pluma y tinta, manuscrito antiguo, escritura barroca

La guerra empezó en verso y terminó siendo algo mucho más sucio.
Quevedo escribió contra la nariz de Góngora uno de los sonetos más crueles de la literatura española: un hombre reducido a un apéndice descomunal, una nariz que era «pirámide» y «espolón de galera». Pero bajo la burla física había algo peor. Al insistir en esa nariz, Quevedo apuntaba a un rumor: que Góngora tenía sangre judía conversa. En la España de la limpieza de sangre, esa acusación no era una broma. Era una amenaza.
Góngora devolvió los golpes con la misma frialdad. Se rió de la cojera de Quevedo, de sus lentes —que aún hoy llamamos quevedos—, de su afición a la taberna. Escribió que Quevedo había traducido mal el griego sin saber griego. Le llamó borracho con la elegancia de quien lo dice en endecasílabos perfectos.
Se acusaron de todo. De sodomía, de herejía, de plagio, de cobardía. Circulaban por Madrid en copias manuscritas que la gente se pasaba de mano en mano como quien reparte pólvora. No era una polémica literaria. Era un duelo sin espadas que duraba ya dos décadas.
Y entonces Góngora cometió el error de necesitar dinero.

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Hacia 1617, Góngora había dejado Córdoba y se había mudado a Madrid persiguiendo lo único que un poeta no podía comprar con versos: un puesto en la Corte. Consiguió el título de capellán honorario del rey, un cargo de prestigio y sueldo escaso. Vivía por encima de sus posibilidades, jugaba a las cartas, perdía. Las deudas crecieron hasta ahogarlo.
Alquiló una casa. Y Quevedo, que llevaba veinte años esperando, encontró por fin la forma perfecta de ganar la guerra.
No escribió otro soneto. Compró la casa.
En silencio, a través de intermediarios, adquirió el inmueble donde su enemigo vivía. Y una vez firmada la escritura, hizo la única cosa que un propietario puede hacer con un inquilino que le estorba: le pidió que se fuera.
El hombre que había humillado a Góngora en verso durante media vida lo humillaba ahora en la única moneda que la vejez entiende. Un techo. Góngora, arruinado, enfermo, sin fuerzas para responder con la brillantez de antes, tuvo que buscar dónde dormir.
Madrid barroco, calle Siglo de Oro, atardecer histórico

No hubo revancha. En 1626 Góngora sufrió un ataque de apoplejía que le borró la memoria. Olvidó sus propios versos, aquellos que habían puesto de rodillas a la Corte. Regresó a Córdoba a morir, y murió en mayo de 1627, pobre, medio olvidado, el poeta más difícil y más deslumbrante que había dado el idioma.
Quevedo le sobrevivió dieciocho años. Los usó para pasar de las burlas a las cadenas: conspiró, cayó en desgracia, terminó preso en un convento de León, enfermo y solo. Murió en 1645 habiendo perdido casi todo menos la lengua afilada.
Dos hombres que se odiaron hasta el final. Y una ironía que ninguno de los dos escribió, aunque los dos la habrían firmado: hoy se estudian juntos, en la misma página, como las dos cumbres gemelas del mismo Siglo de Oro. El idioma, que fue el campo de batalla, acabó siendo la tumba compartida.
Ganó Quevedo la casa. Perdieron los dos la guerra.

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