El soldado que inventó el teatro para sobrevivir a la guerra

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Tenía cuarenta y cinco años cuando enterró a su hermano.
No en un cementerio. En la playa. En la arena de Maratón, entre el estruendo de los remos persas y el olor a bronce quemado. Su hermano Cinégiro murió aferrado al casco de un barco enemigo: los persas le cortaron la mano derecha, él siguió sujetando con la izquierda, le cortaron también la izquierda, siguió mordiendo la madera con los dientes. Así lo recuerdan las fuentes. Así lo vio Esquilo.
Nadie sabe qué hace un hombre después de algo así. Pero sabemos lo que hizo Esquilo: escribió tragedias.


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La batalla de Maratón, en el año 490 antes de Cristo, no fue solo una victoria militar. Fue el momento en que la civilización griega entendió que podía perder. Diez mil atenienses frente a una fuerza persa que quintuplicaba o sextuplicaba su número —los historiadores aún discuten la cifra exacta— en una llanura a cuarenta kilómetros de Atenas. El Imperio aqueménida de Darío I llevaba años devorando el mundo conocido. Nada había podido con él.
Ese día algo pudo.
Esquilo peleó en la batalla. No como observador, no como poeta que tomaba notas al margen. Combatió. Y cuando terminó el combate, con casi doscientas bajas griegas frente a las miles persas que cubrían la arena, el hombre que sería llamado el padre de la tragedia tuvo que recoger a su hermano muerto.
Lo que sucede en el interior de un hombre en ese instante no tiene nombre en ningún idioma. Pero el teatro griego, quizás, fue el intento de encontrarlo.
Esquilo, padre de la tragedia, teatro griego antiguo, batalla de Maratón, Orestíada

Antes de Esquilo, el teatro era una sola voz. Un actor frente al coro, recitando. El personaje contaba lo que le había ocurrido, el coro respondía con lamentos rituales, y el público sabía de antemano el final de cada historia porque eran mitos que todos conocían desde niños. No había conflicto real. No había dos verdades enfrentadas. Solo el destino, pesado e inevitable, cayendo sobre cabezas que no podían esquivarlo.
Esquilo introdujo el segundo actor.
Parece un detalle técnico. No lo es. Con dos actores en escena, de pronto había diálogo. Confrontación. Dos puntos de vista que se miraban a los ojos y ninguno cedía. Esquilo entendía algo que ningún dramaturgo antes había articulado: el sufrimiento no se explica desde fuera. Se ve desde dentro. Y para verlo desde dentro necesitas que dos verdades choquen en el mismo espacio.
El hombre que había visto morir a su hermano en la orilla del mar sabía que el dolor no tiene un solo ángulo.

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Escribió más de setenta obras. Solo nos han llegado siete.
Ese dato, frío como la piedra, contiene una de las pérdidas más grandes de la literatura occidental. Las siete que conservamos —entre ellas Los persas, Los siete contra Tebas, Prometeo encadenado y la trilogía completa de la Orestíada— bastan para entender por qué Aristóteles lo llamaba el mayor de los trágicos. Pero las otras sesenta y tantas se fueron con él, con los incendios, con los siglos.
Los persas, representada en Atenas en el año 472, es la obra más antigua del teatro occidental que ha llegado hasta nosotros. Y tiene algo que ningún dramaturgo de su época habría osado hacer: Esquilo eligió como protagonistas a los enemigos. A los persas. El hombre que había combatido contra ellos en Maratón, y después en Salamina y posiblemente en Platea, escribió una tragedia sobre el dolor de la reina persa Atosa al recibir la noticia de la derrota de su hijo Jerjes. Convirtió al adversario en ser humano.
Solo alguien que ha estado en una batalla puede entender que el otro lado también sufre.

Esquilo, padre de la tragedia, teatro griego antiguo, batalla de Maratón, Orestíada
La Orestíada, su obra cumbre, es el único ciclo trágico completo que ha llegado intacto desde la Antigüedad. Tres obras, una sola historia: Agamenón regresa de Troya y su mujer lo asesina, su hijo Orestes venga al padre matando a la madre, y las Erinias —las diosas de la venganza— lo persiguen hasta que Atenea interviene y crea el primer tribunal de la historia.
Esquilo no estaba escribiendo un cuento de sangre. Estaba proponiendo algo que el mundo aún debatía: que la justicia puede reemplazar a la venganza. Que el ciclo de violencia puede romperse. Que una sociedad puede decidir, en lugar de simplemente reaccionar.
El guerrero de Maratón, el hombre que enterró a su hermano en la arena, proponía que hay algo más allá de la ley del talión.
Eso no se aprende en los libros. Se aprende en el campo después de la batalla.

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Murió en Gela, en Sicilia, lejos de Atenas. Las fuentes antiguas cuentan que un águila, confundiendo su cabeza calva con una roca, dejó caer sobre ella una tortuga para romper el caparazón. Es casi con toda seguridad una leyenda. Pero es la leyenda que Esquilo merece: una muerte tan absurda, tan ajena al control humano, tan parecida a las ironías que él mismo construyó en escena.
Su epitafio, que al parecer él mismo compuso, no menciona el teatro. No habla de sus obras, de sus victorias en los festivales dionisíacos, de su segundo actor, de la Orestíada. Solo dice que fue un hombre de Atenas que combatió en Maratón. Que el bosque sagrado de Maratón puede dar testimonio de su valor.
El padre de la tragedia eligió ser recordado como soldado.
Quizás porque sabía que el teatro nació de ahí. De la arena. Del hermano que no volvió. Del dolor que no tiene nombre y al que, si le das un escenario y dos actores y un coro que responde, quizás puedes empezar a entender.

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