El hombre que escribió su propia ruina: Oscar Wilde contra el Imperio Británico

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Había una frase que Oscar Wilde repetía en los salones de Londres como si fuera una broma. "Puedo resistirlo todo menos la tentación." Los aristócratas reían. Los críticos la copiaban en sus columnas. Nadie, en aquellos años dorados de la década de 1890, se detuvo a pensar que aquel hombre lo decía completamente en serio.

La ciudad que lo necesitaba

Londres en 1895 era la capital del mundo. El mayor imperio que había existido jamás en la Tierra extendía sus tentáculos desde la India hasta el Cabo de Buena Esperanza, y su corazón latía en los teatros del West End, en los clubs de Pall Mall, en las cenas de Mayfair donde los caballeros vestidos de etiqueta discutían sobre arte, moral y progreso. Era un mundo de superficies perfectas. De guantes blancos y comentarios afilados. De todo dicho y nada confesado.
Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde llegó a esa ciudad desde Dublín con veinte años, una lengua capaz de cortar el cristal y la certeza absoluta de que iba a conquistarlo todo. Lo consiguió.
A los cuarenta años, era el dramaturgo más celebrado de Inglaterra. Dos de sus obras se representaban simultáneamente en el West End londinense. Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto llenaban cada noche. Los periódicos lo citaban. Los nobles lo invitaban. Era el hombre más brillante de la habitación, y la habitación siempre lo sabía.
Faltaban dos años para que todo desapareciera.

El marqués y la trampa

Alfred Douglas tenía veintidós años cuando conoció a Wilde. Era joven, hermoso y destructivo de una manera que solo pueden serlo los hijos de los hombres muy poderosos. Su padre era John Sholto Douglas, noveno marqués de Queensberry, el hombre que había establecido las reglas modernas del boxeo y que dirigía su propia vida con la misma brutalidad que aplicaba al ring.
El marqués odiaba a Wilde. No de la forma vaga en que los hombres de su clase despreciaban a los artistas. Lo odiaba de manera obsesiva, metódica, casi artística. Lo odiaba porque su hijo lo adoraba y porque Wilde representaba todo lo que el Imperio victoriano fingía que no existía.
Durante meses, el marqués siguió a Wilde. Lo acechó en los teatros, en los clubs, en los hoteles. El 18 de febrero de 1895, dejó en el Albemarle Club una tarjeta con cuatro palabras escritas a mano, con varios errores ortográficos que la hacían aún más brutales: "Para Oscar Wilde, que hace de sodomita".
Wilde la recogió diez días después.
Aquí estaba la trampa. Cualquier hombre cuerdo habría ignorado la tarjeta. Habría salido de Inglaterra esa misma noche, como le aconsejaron sus amigos, como la lógica más elemental dictaba. Francia estaba a pocas horas. El continente era permisivo. Había una vida posible al otro lado del Canal.
Wilde no cruzó el Canal.
Wilde presentó una denuncia por difamación contra el marqués de Queensberry.
teatro victoriano oscar wilde

El hombre que se juzgó a sí mismo

Fue el error más catastrófico de la historia de la literatura inglesa.
El juicio comenzó el 3 de abril de 1895 en el Old Bailey. Wilde llegó convencido de que su ingenio era un escudo suficiente. Que podría seducir al jurado como había seducido al público londinense. Que las palabras lo salvarían, porque siempre lo habían salvado.
El abogado defensor del marqués se llamaba Edward Carson. Había estudiado con Wilde en el Trinity College de Dublín. Lo conocía. Sabía exactamente dónde apuntar.
Carson leyó en voz alta fragmentos de las cartas de Wilde a Alfred Douglas. Palabras escritas en la intimidad, en el calor de una pasión que Wilde nunca había tenido intención de esconder del todo porque, en el fondo, esconder completamente las cosas le parecía una forma de cobardía estética. El tribunal escuchaba en silencio. Los periodistas tomaban notas.
Cuando Carson preguntó si alguna vez había besado a cierto joven sirviente, Wilde respondió que no, que el chico era demasiado feo. Fue un chiste. El último chiste. El tribunal no rio.
Wilde retiró la denuncia. Era demasiado tarde.
Las pruebas reunidas contra él durante el juicio sirvieron ahora para acusarlo a él. Fue detenido el 5 de abril de 1895 en el hotel Cadogan. Tenía cuarenta años. Esa misma noche, sus dos obras seguían en cartel en el West End. Al día siguiente habían desaparecido de todos los teatros de Londres.

Reading, 1895

El proceso penal duró menos de lo que tardaban sus obras en agotar las entradas. El jurado deliberó durante cuatro horas. Culpable de "grave indecencia". Dos años de trabajos forzados en la prisión de Reading.
Los trabajos forzados en la Inglaterra victoriana eran exactamente lo que el nombre sugería. Horas caminando en una rueda de madera que no llevaba a ningún lugar. Oakum picking: deshacer cuerdas de barco alquitranadas con los dedos hasta que sangraban. Silencio obligatorio. Celda de un metro ochenta de ancho. Sin libros durante los primeros meses.
Oscar Wilde, el hombre que había vivido de las palabras, de la conversación, del ingenio instantáneo y la réplica perfecta, fue condenado al silencio.
Lo que escribió al salir de la cárcel fue De Profundis, una carta de noventa páginas a Alfred Douglas que es, al mismo tiempo, una acusación, una confesión y una de las obras en prosa más extraordinarias de la literatura inglesa. Y en Nápoles, ya exiliado, enfermo, viviendo con un nombre falso en hoteles baratos, escribió La balada de la cárcel de Reading. El poema que muchos consideran su obra más verdadera. El único donde Wilde no interpreta ningún papel.
Murió en París en 1900. Tenía cuarenta y seis años y debía dinero a todos los hoteles de la ciudad.
Tarjeta de visita sobre madera oscura victoriana

Lo que queda

El Imperio Británico que lo destruyó lleva décadas desaparecido. Los delitos por los que fue condenado fueron despenalizados en Inglaterra en 1967. En 2017, el Parlamento británico aprobó la llamada Ley Alan Turing, que concedía perdón póstumo a todos los hombres condenados bajo aquella misma legislación. Entre ellos, Oscar Wilde.
Sus obras siguen en cartel en todo el mundo. La importancia de llamarse Ernesto se representa cada temporada en algún teatro de cada continente. Sus aforismos circulan en internet atribuidos a él, a Twain, a Churchill y a personas que nunca existieron, que es exactamente la clase de inmortalidad caótica que él habría encontrado divertida.
En el cementerio de Père-Lachaise, en París, su tumba recibe cada año a miles de personas que dejan en la piedra marcas de labios pintados. Hasta que instalaron una barrera de cristal para protegerla, la tumba entera estaba cubierta de besos.
Parece el final adecuado para un hombre que eligió arder antes que apagarse.

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