El anciano tenía casi noventa años y un rollo de papiro entre las manos. No traía abogado ni testigos. Delante tenía a un tribunal de ciudadanos atenienses. Detrás, al hombre que lo había llevado hasta allí: su propio hijo.
La acusación cabía en una sola palabra griega, paranoia. Entonces no significaba lo que significa hoy. Quería decir que la mente se había extraviado, que aquel hombre ya no podía gobernarse a sí mismo ni gobernar su casa.
El acusado se llamaba Sófocles, y estaba a punto de defenderse de la única manera que sabía.
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Los jueces no necesitaban que nadie les dijera quién era aquel viejo. Muchos habían crecido viendo sus obras. Algunos habían llorado con ellas en las gradas de piedra del teatro de Dioniso, bajo la Acrópolis, cuando la ciudad entera se detenía cada primavera para ver morir a sus héroes.
Nació hacia el 497 antes de Cristo en Colono, una aldea de caballos y olivos a las afueras de Atenas. Su padre tenía dinero. A él le sobraban el talento y la presencia. Se cuenta que, siendo adolescente, encabezó el coro que celebró la victoria de Salamina.
Con veintitantos años se presentó por primera vez al certamen de tragedia. Enfrente tenía a Esquilo, el hombre que había dado al teatro su grandeza: el que había sacado a un segundo actor al escenario cuando antes solo había uno dialogando con el coro. Plutarco escribe que aquel día el público estaba tan dividido que el arconte recurrió a Cimón y a sus generales para que hicieran de jueces.
Ganó el joven de Colono.
Desde entonces, durante más de sesenta años, nadie le arrebató el trono. Escribió más de ciento veinte obras y ganó más de veinte veces. Según sus biógrafos antiguos, nunca quedó el último. Fue general junto a Pericles y administró el tesoro de la liga. Atenas, que devoraba a sus grandes hombres con el ostracismo y la cicuta, lo dejó envejecer en paz.
Pero su verdadera obra no fueron los premios. Fue lo que cambió.

Aristóteles, que escribió sobre la tragedia unas décadas después de su muerte, le atribuye dos cambios que parecen pequeños y no lo son.
El primero fue el tercer actor. Con dos actores, el teatro era un duelo: uno habla, otro responde. Con tres aparece algo nuevo: el que escucha, el que calla, el que sabe algo que los otros ignoran. Aparecen la intriga, la mentira, el testigo incómodo. El propio Esquilo, ya viejo, acabó adoptando la novedad del muchacho que lo había derrotado.
El segundo fue la pintura escénica. Donde antes había una fachada desnuda, Sófocles puso decorados pintados: un palacio, una costa, una cueva. El espectador ya no solo escuchaba el lugar. Lo veía.
Hubo más. La tradición cuenta que amplió el coro de doce a quince miembros y que dejó de actuar en sus propias obras porque su voz era débil. Él, que había interpretado a Nausícaa jugando a la pelota y había tocado la lira en escena. Y mientras Esquilo pensaba en trilogías encadenadas, donde una misma saga se desplegaba a lo largo de tres obras, Sófocles concibió cada tragedia como un mundo cerrado, completo en sí mismo.
Pero el cambio más profundo no está en la técnica. Está en dónde puso la mirada.
En Esquilo, el gran protagonista es a menudo el destino de una estirpe, la justicia de los dioses que se cumple a lo largo de generaciones. Sófocles acercó la cámara. Puso en el centro a un solo ser humano, obstinado, orgulloso, incapaz de ceder, frente a algo más grande que él. Aristóteles recoge una frase suya que lo resume: él representaba a los hombres como deben ser, y Eurípides, como son.
Sus héroes no eran perfectos. Eran enteros. Y esa entereza era precisamente lo que los destruía.
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De sus más de ciento veinte tragedias solo han llegado siete hasta nosotros. Bastan para entender por qué Atenas no lo dejaba perder.
En Áyax, el guerrero más fuerte de los griegos después de Aquiles se despierta cubierto de sangre. Durante la noche, enloquecido por la diosa Atenea, ha degollado ganado creyendo que mataba a sus enemigos. No puede soportar la vergüenza. La obra es el retrato de un hombre que prefiere morir antes que vivir humillado.
En Antígona, una muchacha desafía el edicto del rey Creonte y entierra a su hermano, declarado traidor. La ley de la ciudad contra la ley no escrita de los dioses. La obstinación de ella contra la de él. Ninguno cede, y cuando Creonte al fin comprende su error, ha perdido a su hijo y a su esposa. Dicen que el éxito de esta obra le valió a Sófocles su elección como general.
En Edipo rey, una peste asola Tebas y el rey promete encontrar al culpable. Lo busca con una tenacidad implacable hasta descubrir que el asesino que persigue es él mismo, y que la mujer con la que comparte el lecho es su madre. El público conoce la verdad desde el principio. Edipo es el último en saberla. Aristóteles la consideró el modelo perfecto de tragedia: el instante en que el héroe descubre quién es coincide con el instante en que todo se derrumba.
Y sin embargo, cuando se estrenó, quedó segunda. La obra que veinticinco siglos después seguimos estudiando perdió ante un tal Filocles, sobrino de Esquilo, de quien no se conserva nada.
Completan la lista Las traquinias, donde Deyanira, por amor, envía a Heracles la túnica envenenada que lo abrasa vivo; Electra, la hija que espera durante años al hermano que ha de vengar a su padre; y Filoctetes, el arquero herido y abandonado en una isla desierta que los mismos griegos que lo traicionaron necesitan ahora para ganar la guerra. Sófocles la escribió con más de ochenta y cinco años. Ganó el primer premio.
Ese era el hombre al que su hijo quería declarar incapaz.

Sófocles tenía dos familias. Con su esposa legítima, Nicóstrata, tuvo a Yofonte, que también escribía tragedias. Imagina lo que significa ser dramaturgo en Atenas y apellidarte, a efectos prácticos, Sófocles. Con Teóris, una mujer de Sición, tuvo a Aristón. Y Aristón le dio un nieto que llevaba su mismo nombre.
El anciano adoraba a ese nieto. Según la tradición, Yofonte llegó a temer que la fortuna familiar acabara en manos del hijo de la otra casa. Atenas tampoco se lo ponía fácil. Años después, Aristófanes todavía se burlaba en escena preguntándose si Yofonte era capaz de escribir algo sin la ayuda de su padre.
La ley ateniense le ofrecía una salida. Un hijo podía pedir que declarasen incapaz a su padre si la vejez lo había trastornado. Así lo apartaba de la administración de sus bienes. Y eso fue lo que hizo Yofonte.
El hijo tenía que demostrar que el mayor poeta vivo de Grecia ya no era dueño de su propia cabeza.
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Sófocles no discutió. No negó nada ni habló de herencias, de mujeres ni de nietos.
Desenrolló el papiro y se puso a leer.
Era la obra que tenía entre manos, la última que escribiría: Edipo en Colono. Eligió el canto del coro que celebra su aldea natal. Habla de la tierra blanca de Colono, donde los caballos son hermosos y el ruiseñor canta entre la hiedra oscura, del narciso y el azafrán, y del olivo sagrado que ninguna mano enemiga puede arrancar. Un hombre de noventa años cantaba el lugar donde había nacido, sabiendo que pronto iba a morir.
Cuando terminó, levantó la vista hacia los jueces y les preguntó si aquello les parecía obra de un loco.
Una de las versiones antiguas le atribuye una frase más afilada: «Si soy Sófocles, no estoy loco. Y si estoy loco, no soy Sófocles».
El tribunal lo absolvió. Algunos relatos añaden que los jueces lo sacaron de la sala entre aplausos, como si salieran del teatro, y que fue el hijo quien se marchó avergonzado.
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Hay un detalle que convierte esta anécdota en algo más que una curiosidad.
Edipo en Colono retoma al personaje que Sófocles había hecho inmortal décadas antes. Ahora Edipo es un anciano ciego y desterrado que llega a Colono a buscar un lugar donde morir, guiado por su hija Antígona. Sus hijos varones lo abandonaron cuando más los necesitaba y ahora vienen a buscarlo solo porque les conviene. Edipo los recibe con una de las maldiciones más terribles del teatro griego.
Sófocles escribía sobre un padre traicionado por sus hijos mientras su propio hijo lo llevaba a juicio.
Es la misma herida que recorre toda su obra: un ser humano solo, empeñado en seguir siendo quien es, frente a quienes quieren doblegarlo. Áyax frente a la vergüenza. Antígona frente al rey. Edipo frente a la verdad. Y al final, el propio Sófocles frente a su hijo.
Quizá la escena del tribunal nunca ocurrió tal como se cuenta. Nos llega de Cicerón, de Plutarco y de una biografía anónima escrita siglos después, y es posible que naciera en la comedia o en la imaginación de quienes buscaban en la vida del poeta un eco de su obra. Pero los antiguos la contaron una y otra vez, porque entendieron algo que sigue siendo cierto: la mejor prueba de que una mente sigue viva es lo que es capaz de crear.

Sófocles murió hacia el 406 antes de Cristo, pocos meses después que Eurípides, su gran rival. Se cuenta que, al conocer la noticia, se presentó ante el público vestido de luto y con su coro sin coronas.
Nunca vio representada Edipo en Colono. La estrenó cinco años más tarde Sófocles el Joven, el nieto al que tanto quería, el mismo cuya sombra había llevado a Yofonte ante los jueces.
Con él se cerraba una época. Esquilo había dado a la tragedia su grandeza; Eurípides le daría la duda y la inquietud. Entre ambos, Sófocles le dio la forma: el conflicto concentrado, la construcción perfecta, el héroe solo ante su destino. Todo el teatro que vino después, de Shakespeare a Lorca, camina sobre ese suelo, lo sepa o no.
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A Sófocles no le pidieron que demostrara que estaba cuerdo. Le pidieron algo mucho más difícil: que demostrara que seguía siendo él. Y lo hizo con el único testimonio que no admite réplica, el de su propia obra.
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Historias como esta no caben en los manuales: un padre, un hijo, un tribunal y un papiro. Cada semana escribo para el Círculo de Crónicas y cuento lo que queda en los márgenes de la historia y de la literatura. Si quieres que el próximo relato llegue a tu correo, la puerta está abierta. Te espero dentro.