Las tensiones no tardaron en llegar. La idea de apartarse de la Septuaginta, la versión griega de la Biblia que había sido durante siglos el texto de referencia de los cristianos, encendió los ánimos. "¡Mientes, calumniador!", le espetó san Agustín en una de sus cartas, temeroso de que el cambio desestabilizara la fe del pueblo. Pero Jerónimo no cedió. Para él, la verdad hebrea estaba por encima de la costumbre.
No solo san Agustín se opuso a su obra. En Roma, Jerónimo encontró una feroz resistencia entre el clero, que veía con recelo su insistencia en usar el hebreo en lugar del griego. El papa Dámaso, su primer gran valedor, lo protegió en un principio, pero tras su muerte, Jerónimo quedó expuesto a la hostilidad de los sectores más conservadores de la Iglesia. Sus enemigos lo acusaban de alterar la Sagrada Escritura y de introducir errores al apartarse de la tradición establecida. No faltaron aquellos que intentaron desacreditarlo, tachándolo de arrogante y hereje.
Incluso algunos monjes de su tiempo lo atacaron duramente, indignados por su carácter beligerante y su actitud inflexible. Jerónimo no se amilanó. "El león ruge, pero la verdad permanece", respondía con su habitual mordacidad.
Siglos después, la obra de Jerónimo se convertiría en la versión oficial de la Iglesia católica. Pero su canonización como texto sagrado no fue inmediata. De hecho, no fue hasta el Concilio de Trento (1545-1563), en plena tormenta de la Reforma protestante, cuando la Vulgata fue confirmada como la Biblia auténtica y oficial de la Iglesia romana. Mientras Lutero promovía la libre interpretación de la Biblia en lenguas vernáculas, el catolicismo reafirmaba su autoridad sobre la Escritura con la Vulgata como estandarte.